Hay ciudades que van a los toros a mirarse el ombligo, a sacar el pañuelo con el ceño fruncido y a exigir pureza de manual. Huesca no. En Huesca, del 7 al 14 de agosto, la plaza es simplemente una barra más de las fiestas de San Lorenzo, solo que con un ruedo en medio. Quien busque misticismo o el ombligo del mundo taurino se ha equivocado de ventanilla; aquí se viene almorzado, con ganas de charanga y con el pañuelo verde bien anudado al cuello.
El ciclo de este año se presenta apañado, sin inventar la pólvora pero con el gancho suficiente para llenar los tendidos. La empresa Tauroemoción ha montado un abono que cumple con el sota, caballo y rey del escalafón actual, sazonado con el regreso de los toros de Victorino Martín al coso oscense tras trece años de ausencia. Un guiño para los aficionados más exigentes que compartirá semana con los nombres que aseguran el ambientazo en la grada.
El motor de la feria arranca fuerte el mismo día de San Lorenzo, el lunes 10 de agosto. Ahí estarán El Fandi, Tomás Rufo y Marco Pérez con astados de El Torero, una combinación pensada para que el tendido de sol empiece a carburar. El martes 11 será el turno de Talavante, Emilio de Justo y el toque aragonés de Aarón Palacio frente a reses de El Pilar. El miércoles 12 llega el previsible llenazo de la feria con Roca Rey, escoltado por Sebastián Castella y Cristiano Torres con la corrida de Luis Algarra.
El contrapunto serio llegará el jueves 13 con el desafío de Victorino Martín, una tarde para especialistas donde se la jugarán El Cid, Manuel Escribano y Morenito de Aranda. Para cerrar, el viernes 14, el clásico festejo de rejones con Leonardo Hernández, Lea Vicens y Sergio Pérez de Gregorio pondrá el broche antes de que la ciudad encare el tramo final de sus fiestas.
Pero seamos realistas: lo que pasa en el ruedo es solo la mitad de la película. En Huesca la jornada taurina empieza a las ocho de la mañana con las vaquillas, el refugio perfecto para los que empalman la noche con el desayuno o para los que se levantan con ganas de ver los primeros saltos en el albero. Tras el vermú y las obligatorias magras con tomate, la plaza se convierte por la tarde en una caldera blanca y verde.
Mientras en la sombra se intenta mantener la compostura y seguir la lidia con atención, el sol es territorio comanche de las peñas recreativas. Allí el olor a albahaca se mezcla con el del melón con jamón, las neveras echan humo y el porrón de vino no deja de pasar de mano en mano a los acordes de la charanga. Se respeta al toro, por supuesto, pero no se le rinde pleitesía al protocolo.
Para el foráneo, San Lorenzo y su plaza de toros son la cura definitiva contra el esnobismo y el aburrimiento. En un mundillo taurino a menudo obsesionado con la rigidez y el elitismo, Huesca ofrece una lección magistral de lo que debe ser una fiesta popular: democrática, ruidosa y rabiosamente divertida. Venir aquí como de fuera no es venir a ver una corrida; es integrarse en una catarsis colectiva donde un desconocido te va a pasar un porrón de vino en el tendido de sol, donde vas a merendar de la cesta del vecino y donde comprenderás que la mejor faena de la tarde es la que se vive compartiendo la alegría de la calle. Hay que conocer esta plaza al menos una vez en la vida, aunque solo sea para recordar que el toreo, antes de ser arte o liturgia, fue pueblo
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