Zamora no es una ciudad de grandes titulares estridentes ni de masas que lo atropellan todo. Es, más bien, un secreto que se guarda en la piedra de sus iglesias y en el cauce de un Duero que lo mira todo con calma. Por eso, su feria taurina de 2026 no podía ser de otra manera: es un ciclo serio, equilibrado y con memoria, diseñado para quien sabe apreciar el valor de lo que no necesita gritar para ser importante.
Subir la cuesta hacia la Plaza de Toros de la calle Ángel Nieto tiene algo de ritual familiar. Y los carteles de este año son una invitación directa a quedarse. El sábado 27 de junio, la empresa Tauroemoción ha hecho algo que en este mundo es casi revolucionario: respetar la palabra dada. Repetir a Emilio de Justo, Borja Jiménez y Manuel Diosleguarde no es solo un acierto empresarial; es un reconocimiento al sudor y al valor que derramaron en esta misma arena el año pasado. Es un cartel con poso, de los que hacen afición porque huelen a verdad y a justicia.
Pero lo que hace que el viaje a Zamora merezca la pena es salir de ver una lidia total de Ferrera, El Fandi o el salmantino Ismael Martín el domingo 28 compitiendo en un festejo donde el tercio de banderillas cobrará protagonismo mayor. Porque los tres son especialistas consumados en el segundo tercio, y harán con sus facultades las delicias de todos los espectadores.
Ganaderamente hablando, no se puede entender esta feria sin mirar hacia el campo charro, el gran pulmón que nutre los corrales del vetusto coso zamorano. La elección de El Pilar para la tarde de los triunfadores no es casual; es una apuesta por el “toro de Madrid” en una plaza de segunda, buscando ese animal con clase y entrega que permite que el toreo alcance su máxima expresión.
Por su parte, los pupilos de Castillejo de Huebra para la tarde de los banderilleros ofrecen ese punto de movilidad y alegría indispensable para que el citado tercio sea un espectáculo vibrante y no un mero trámite. Es, en definitiva, una apuesta por la garantía de dos hierros que atraviesan un gran momento y que aseguran que la materia prima no falle.
Además, ese vínculo con la tierra se siente en el ambiente que rodea la Plaza. Zamora tiene esa virtud de que todo está a un paso: puedes salir de ver una corrida de fuste y, en apenas unos minutos, estar comentando los pormenores del festejo frente a un chuletón de Aliste o una tabla de queso zamorano en cualquier mesón del centro.
Es esa simbiosis entre el rito en la arena y el placer en la mesa lo que convierte a San Pedro en una experiencia sensorial completa. No es solo ir a los toros, es sumergirse en una cultura que se saborea y se siente en cada rincón de esta capital que, por unos días, se olvida de su timidez para mostrarle al visitante su cara más apasionada y generosa.
Zamora, capital del románico, es esa ciudad que te permite ver a las figuras del momento sin las apreturas ni el postureo de las grandes ferias. Es el lujo de lo auténtico. Quien venga este junio no se va a encontrar con una feria “de escaparate”, sino con una cita con el sentido común: toreros que se han ganado el puesto, ganaderías que funcionan y una ciudad que te abraza sin agobiarte. De verdad, merece la pena.
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