Historia y características
El encaste Vega Villar fue fundado a principios del Siglo XX (1910) por un excéntrico personaje llamado José Vega, que decidió cruzar vacas de Veragua con un semental de Santa Coloma. Esta curiosa mezcla dio como resultado una de las alquimias más peculiares, genética y cromáticamente hablando, de toda la cabaña de bravo conocida coloquialmente como los “patasblancas”.
¿Por qué? Porque el resultado fue un animal de llamativo pelaje, bien berrendo en distintas tonalidades (en negro, en castaño o colorado y en cárdeno, fundamentalmente) y formas (aparejado, alunarado o remendado) o con un pelaje predominante, casi siempre negro, colorado, o incluso cárdeno, pero con multitud de accidentes blancos, sobre todo, luceros, coleteros y calceteros.
En realidad, José Vega disfrutó muy poco de tal experimento, y en 1914 vendió la ganadería a los hermanos Villar (Francisco y Vitorio), y la posterior división de la ganadería entre ambos dio lugar a las dos ramas en las que se divide este encaste: Vitorio le vendió su parte a la familia Encinas (1939), que luego acabaría en manos de don Francisco Galache, mientras Francisco Villar hizo lo propio (1945) con la familia Cobaleda.
El toro de Vega Villar es un animal de pequeño esqueleto, manos cortas y desarrolladas defensas, que suelen tener un comportamiento muy explosivo en los primeros tercios, vivo, agresivo y con mucho carácter, para apagarse paulatinamente en la muleta, un defecto que los propietarios de este ganado tan particular se están afanando en reducir.
Este encaste se distingue por ser un toro muy temprano, que alcanza su esplendor y desarrollo a los tres años y se avejenta con más celeridad que otras. Por eso alcanzó su máximo apogeo en la posguerra española, cuando escaseaba la materia prima y ante la demanda, se lidiaban como toros animales que aún no habían cumplido los cuatro años. Y si la rama Encinas se distinguía por su bravura más enclasada, la línea Cobaleda se identificaba por un modo de embestir más enrazado y temperamental.
La posterior llegada de la tablilla y la obligatoriedad de anunciar el peso del toro en plazas de primer orden, con el consiguiente aumento en el tamaño del toro que tantos encastes sacó de tipo, y sobre todo el uso del guarismo (marcar a fuego la última cifra de su año de nacimiento en la paletilla delantera del animal) necesario para identificar la verdadera edad del animal que salta a la arena, acabó por orillar a estos animales hasta sacarlos casi definitivamente de los ruedos.
En la actualidad la divisa de Francisco Galache de Hernandinos es la que con mayor fidelidad representa a la rama Encimas, mientras que Barcial y la recién resurgida de Sánchez Cobaleda hacen lo propio con la derivación de Cobaleda. Mención aparte merece la vacada de Monteviejo, propiedad de Victorino Martín, pues ha logrado juntar en un mismo hierro ambas ramificaciones. Todas luchan por mantener en boga una sangre peculiar, diferente y muy del gusto del sector “torista” de los aficionados.
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